Aproximaciones al taller literario   Elena Bisso“¿Qué se hace en un taller literario?” Es una pregunta frecuente que nos pueden hacer a los talleristas. La respuesta no se agota en “aprender a escribir”, uno ya sabe cómo hacerlo. Es una respuesta al paso, para salir del brete. Podemos pensar a un taller literario como una superposición de diferentes espacios.

El primero de ellos puede ser un espacio grupal, para lo que hay que tener cierta vocación. No es fácil integrar un grupo, más aún al exponerse en la propia ficción, ese juego en que se sueltan hadas y demonios, al descubrirse ante otros, al darse uno a leer. Un grupo tiene un entramado complejo y merece un análisis particularizado. Se requiere de cada cual una actitud de compromiso, ya que la crítica, el don de un taller literario, no ahorra inconvenientes. Es requisito que ese grupo convenga códigos éticos. Tratarse con cuidado es requisito para la convivencia. El estilo podrá ser más o menos “salvaje” para la crítica, pero esta modalidad debe ser compartida y debe agregar valor para los que asisten. Se escribe, se lee y se critica en el territorio donde la subjetividad es ley. Es importante saber escuchar la crítica considerando el estilo de quien analiza la obra de su compañero.
También pueden pensarse como un espacio de aprendizaje en el campo de la educación informal. Aunque es sabido que en estos grupos se pueden encontrar amigos, no tan amigos y hasta pareja, es esperable que quien asiste lo haga con la intención de aprender. Pero ¿qué se va a aprender a un taller literario? Se va a hacer con la escritura y haciendo es que se aprende a hacer mejor. Y mejor es lo más cercano a la particularidad de quien escribe y a la construcción paulatina de su propio estilo, afilar las palabras para que ronden lo más ajustadamente posible esa nada eterna, esa pregunta irrespondible que motoriza la creación. Hacer para aprender en la creación, concepción genetista y constructivista, impide que esta actividad pueda pensarse en un programa de aprendizaje. La creación se resiste a los programas. Esto puede traer como inconveniente que algún integrante sienta, en algún momento, que ya no puede aprender en ese grupo. Al no poder formalizar una instancia de aprendizaje, al no poder medirse de alguna forma más que en el texto mismo, tal vez el fin del ciclo se evidencie en su pura percepción como la verdadera medida.
Un taller literario no es precisamente de escritura y define un espacio de lectura. Uno, bien puede irse, con la sensación de que ha leído más de lo que ha escrito. Y seguramente es así. La lectura es esencial para la producción, motiva nuevos textos, enriquece el discurso, embellece y potencia la fluidez.
Los talleres pueden dejar tesoros de lectura en su peculiaridad: cada taller tiene sus autores dilectos y algunos son perlas perdidas en el olvido del mercado. Estos hallazgos pueden develar nuevos caminos hacia un estilo propio. Efectivamente, se lee a los colegas aspirantes, a los nacionales contemporáneos, a los contemporáneos extranjeros, a los clásicos y a los olvidados. Habrá coordinadores que no pidan formalmente que lean su obra. Es esperable que hayan elegido ese taller y no otro por la producción del coordinador, y haber leído su obra optimizará la transmisión, ese otro espacio.
No es lo mismo dar información que transmitir experiencia. Se transmite con el ser puesto en juego, con la pasión de hacer aquello que no se puede evitar hacer, porque se ha nacido, en este caso, para escribir. El coordinador, si es escritor de oficio, podrá transmitir su mayor tesoro: la experiencia de hacer y haber hecho, su anecdótica después de mucho intentar e intentar escribir realmente aquello que imaginó, su soledad frente a la página en blanco, sus tablas de la ley, sus maestros elegidos, su vara de lo mejor y de lo peor en la escritura. El coordinador imprimirá en ese grupo su estilo y no podrá ser de otra manera, ya que el oficio demanda poner en juego la subjetividad y hacerla una práctica. Si los talleristas salen “impregnados” del estilo de su coordinador, será la lógica impronta del maestro, a quien recrearán, mejorarán o no. Es imposible copiar a otro escritor ya que es imposible escaparse de sí. A otro escritor puede recreárselo y cuanto más se lo recree, mejor habrá sido como maestro. ¿Acaso Shakespeare no sigue produciendo?
Finalmente, un taller también es, fundamentalmente, un espacio de trabajo. La crítica es la herramienta privilegiada para corregir. La corrección de un texto es un trabajo y requiere paciencia, tiempo y esfuerzo. Los colegas pueden propiciar el movimiento necesario de apartarse todo lo posible de lo que se escribió. La lectura paralela de otras obras y el tiempo colaboran con el proceso de corrección. Darse a leer y corregir son dos grandes razones para hacer un taller literario. ¿Por qué darse a leer? Porque, en la mayoría de los casos, se escribe para un otro incesante. Ese otro imperceptible es por y para quien somos los que somos, a través de quien fuimos forjados como seres del lenguaje, alguien permanente a quien le dirigimos nuestro mundo simbólico. Es bueno, para abordar la propia obra y hacerla consistir, que ese otro incesante pueda asumirse en lectores reales que tendrán el talento de sorprendernos. La sorpresa es otro regalo de esta modalidad grupal..
Para aproximarnos a una definición podemos pensar al taller literario como un campo complejo de espacios superpuestos, resistente a las planificaciones temáticas, donde al aprendizaje y al trabajo los timonea la más pura pasión por la palabra.
Vía: Leedor.com

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