¿De qué hablamos cuando hablamos de cuentos?

Este artículo nos ayudará como introducción relajada y amena a entender como concepto qué es un cuento en la escritura literaria. Quienes son escritores de oficio o apenas empiezan, que no es poco, deben saber utilizar las herramientas de la literatura, de la escritura y la creatividad. No todo es escribir, escribir y escribir y que suene bonito cuando lo lea un familiar aburrido, no? Para eso es que son de gran ayuda los talleres de escritura, los encuentros literarios, las reuniones de escritores, las correcciones de estilo…

Ariel Mazzeo , autor del siguiente texto, se dedica también a elaborar apuntes y guías para talleres literarios. Realmente su labor es muy buena en cuanto a calidad y muy buena para los escritores que puedan enriquecerse con esta lectura. Para conocer mejor y leer más de Ariel Mazzeo , aquí está su blog: http://laformaenquealgunosmueren.blogspot.com.ar

Pero antes…

¿De qué hablamos cuando hablamos de cuentos?

Ante la lectura de un texto escrito por alguno de los asistentes a un taller literario, es habitual escuchar frases como estas:

-No es un cuento. Esto es una anécdota, un relato. ¡Qué sé yo! Es cualquier cosa menos un cuento.

-Creo que la historia que se está planteando da más para una novela que para un cuento.

-¡Maldita sea! Por lo menos, que el lector no se desmaye del aburrimiento. Acá no hay tiempo para largas descripciones: ¡intentemos hacer un cuento!

Algunas veces estas observaciones generan fogosos debates, en los que se exponen elaboradas Teorías-Acerca-de-la-Naturaleza-del-Cuento. Si todo sale bien, nadie resulta herido y los participantes se vuelven a casa con una sonrisa de satisfacción: han pasado un agradable rato entre amigos. Pero convengamos que con esto solo no se aprende sobre literatura.

Otras veces, talleristas y coordinador hacen lo que más conviene: se serenan, respiran hondo y van a la biblioteca a ver qué tienen para decir al respecto los maestros del género. Algo de esto es lo que vamos a intentar en esta nota.

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  • mayo 7th, 2012Entrevista a Manuel Puig

    Entrevista a Manuel Puig

    En 1986, aparece en la revista Crisis, la primera entrevista a Manuel Puig desde su exilio en Brasil, luego de la llegada de la democracia, en Argentina. En unas preguntas y respuestas se recorre más que nada al escritor queriendo dejar ver a la persona, pero sin lograrlo. En ese entonces estaba muy presente el éxito de la película El Beso de la Mujer Araña, y el tema de la identidad gay no quedó de lado. Interesante documento para quienes gustan conocer al escritor más allá de su obra.

    Entrevista a Manuel Puig

    por Giovanna Pajetta – Revista Crisis, Abril de 1986.

    -La mayor parte de los intelectuales argentinos exiliados volvieron al país tras la caída de la dictadura militar. ¿Por qué usted no volvió?

    -Cuando todos estaban en el exilio ninguno se interesó por mi suerte, nunca. Sobreviví con mis medios. Quizá fue demasiado fuerte el rechazo que sentí. Sobre el eco de mi obra le diré una cosa y no me va a creer. Desde hace dos años “El beso de la mujer araña” circula libremente y sin embargo no salió ni siquiera un comentario. Con Alfonsín la censura no existe más, pero no se escribió una sola línea para un iibro que ha suscitado tantas reacciones, positivas y negativas en tantos países del mundo.

    -Después de Italia y París se fue a Nueva York. Ahora vive en Río de Janeiro en vez de Buenos Aires. ¿Por qué abandonó Nueva York, el centro del mundo?

    -Soy afortunado, no tengo necesidad de vivir en una ciudad, de ir a la oficina. Mi trabajo lo puedo hacer donde sea. Y Nueva York tiene esos inviernos tremendos, esos veranos ardientes, y en un determinado momento, me pareció que no era muy sano. Me fui también por la llegada de Reagan; yo no creía que el pueblo americano llegara al punto de elegir a Reagan, que tenía en sus espaldas el caso Angela Davis, porque él era el gobernador de California cuando aquello sucedió. Y poco a poco sentí que, incluso, el clima cambiaba. Yo, por ejemplo, había vivido en Estados Unidos durante todo el período del movimiento hippie, que había sido una cosa muy grande, muy importante, y ver cómo se moría en un espectáculo que no podía soportar. Para mí, Europa y Estados Unidos son, de todas formas, lugares para volver, pero para mi vida cotidiana necesito una realidad sudamericana. En Brasil hay una tolerancia que yo no había encontrado nunca, distinta de la de Nueva York, donde podés andar desnudo y ninguno dice nada, pero porque de alguna manera nadie te ve ni te observa. La mirada carioca es otra cosa, no es critica pero jamás es indiferente.

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    Jorge Luis Borges

    Creo que ese es el oficio, o si usted quiere­ es una palabra más ambiciosa­, el destino del escritor: cambiar las cosas… Yo mismo tengo la impresión de que todo lo que me sucede, incluso el infortunio, sobre todo el infortunio, me son dados para que yo los cambie en algo, y por eso hay una gran literatura del infortunio y no de la felicidad, que yo sepa. Porque la felicidad es un fin en sí, mientras que el infortunio debe transformarse en otra cosa… Esa cosa es el arte. Puede ser la música, la pintura… En mi caso no es sino la literatura.

    (fragmento de nota de Bernard Pivot, La Jornada Semanal, 23-03-97, traducción de Juan Moreno Blanco)

    Yo, el otro día, estuve dictándole algo y usted habrá visto cómo me demoro en cada verbo, cada adjetivo, cada palabra. Y, además, en el ritmo, en la cadencia, que para mí es lo esencial de la poesía.

    (fragmento de conversaciones con Osvaldo Ferrari)

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    Jorge Luis Borges

    Carlyle dijo: toda obra humana es deleznable, pero su ejecución no lo es. Y escribir desde luego da placer. Menos que leer, pero en fin, sería un grado menos intenso para mí; yo siento más placer leyendo que escribiendo… Al mismo tiempo, si un tema lo busca a uno, el único modo de librarse de él es escribirlo. Alfonso Reyes dijo que uno publica para no pasarse la vida corrigiendo los borradores. Lo que uno publica es un borrador, nunca es un texto definitivo.” En cuanto al escribir, cada vez que me han preguntado eso, yo he dado la imagen de una larga isla. Y entonces, en el caso de un cuento, lo que me es revelado es el principio y el fin, el punto de partida y la meta. Ahora, lo que no sé es lo que hay, lo que sucede entre los dos. Eso tengo que inventarlo. Pero siempre sé de dónde salgo y adónde voy. Después tengo que descubrir muchas cosas: por ejemplo, si conviene que eso ocurra en las orillas de Buenos Aires o en Montevideo, en las fechas que conviene; la primera persona o la tercera; todo eso es importante. Y después, sobre todo, yo diría que lo más importante es la primera frase. Dar con la entonación que conviene. Es que yo creo que lo importante es la cadencia, ¿no? Las cadencias son más importantes que las metáforas o los epítetos.

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  • agosto 15th, 2011Entrevista a Adela Basch

    Entrevista a Adela Basch

    Adela Basch, a la que muchos llaman Dolly, nació en Buenos Aires el 23 de noviembre de 1946.
    Siempre vivió en esa ciudad, salvo en ocasiones puntuales en que se ausentó de ella. Estudió Letras. Escribió diversos libros y entre sus obras de teatro se cuentan  “Abran cancha, que aquí viene don Quijote de La Mancha”, “Oiga, chamigo aguará” y “Colón agarra viaje a toda costa”.

    - ¿Cómo se logra una conexión entre escribir para chicos y mezclarlo con humor, desde la literatura?
    - Supongo que tiene una relación. Por supuesto que no hace falta ser un  payaso, ni estar todo el tiempo haciendo chistes, como yo, es cierto que descontractura, pero es también un estilo. Lo que sí estoy segura que es necesario con los chicos, es trabajar en un clima de distensión, de cercanía, esencialmente de afecto, uno no puede ni intentar que los chicos se hagan amigos de los libros con amenazas o con rigidez, debe ser con afecto, de otra forma me parece que hay algo que no funciona.

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    1. El derecho a no leer.

    Como cualquier enumeración de derechos que se respete, la de los derechos a la lectura debería empezar por el derecho a no hacer uso de ellos —y en este caso con el derecho a no leer—, sin lo cual no se trataría de una lista de derechos sino de una trampa viciosa. Para comenzar, la mayoría de los lectores se conceden a diario el derecho a no leer. Mal que le pese a nuestra reputación, entre un buen libro y una mala película de televisión, la segunda sale ganando con más frecuencia de lo que nos gustaría confesar. Y además nosotros no leemos de continuo. Nuestros períodos de lectura alternan a menudo con largas dietas durante las cuales basta la visión de un libro para despertar las miasmas de la indigestión. Pero lo más importante está en otra parte. Estamos rodeados de cantidad de personas del todo respetables, a veces graduadas en la universidad, incluso “eminentes” —de las cuales algunas hasta poseen excelentes bibliotecas—, pero que no leen, o leen tan poco que nunca se nos ocurriría la idea de ofrecerles un libro. No leen. Sea porque no sienten la necesidad, sea porque tienen muchas otras cosas que hacer (pero viene a ser lo mismo; es que esas otras cosas los colman o los obnubilan), sea porque alimentan otro amor y lo viven con una exclusividad absoluta. En resumen, a esas personas no les gusta leer. Y no por eso dejan de ser muy frecuentables, incluso deliciosas de frecuentar. (Al menos no nos piden de continuo nuestra opinión sobre el último libro que leímos, nos ahorran sus reservas irónicas sobre nuestro novelista preferido y no nos consideran retardados por no habernos precipitado sobre la última de Fulano, que acaba de salir, editada por Mengano, y de la cual el crítico Zutano ha dicho lo mejor.) Son tan “humanos” como nosotros, sensibles también a las desdichas del mundo, preocupados por los “derechos humanos” y comprometidos a respetarlos dentro de su esfera de influencia personal, lo que ya es mucho —pero ahí está, no leen. Allá ellos. La idea de que la lectura “humaniza al hombre” es justa en su conjunto, a pesar de que existen algunas excepciones deprimentes. Se es sin duda un poco más “humano”, si entendemos por eso un poco más solidario con la especie (un poco menos “fiera”), después de haber leído a Chejov que antes. Pero cuidémonos de flanquear este teorema corolario según el cual todo individuo que no lee debería ser considerado a priori como un bruto potencial o un cretino rehibitorio (sic). Si lo hacemos convertiremos la lectura en una obligación moral, y éste es el comienzo de una escalada que nos llevará rápidamente a juzgar, por ejemplo la “moralidad” de los libros mismos, en función de criterios que no tendrán ningún respeto por esa otra libertad inalienable: la libertad de crear. A partir de ese momento la bestia seremos nosotros, por más lectores que seamos. Y Dios sabe que bestias de esta especie no faltan en el mundo. En otras palabras, la libertad de escribir no podría acomodarse a la obligación de leer. El deber de educar, por su parte, consiste en el fondo en enseñar a leer a los niños, en iniciarlos en la literatura, en darles los medios para juzgar si sienten o no la “necesidad de los libros”. Puesto que si bien se puede admitir sin problema que un particular rechace la lectura, es intolerable que sea —o que se crea— rechazado por ella.

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  • agosto 8th, 2011Frases de Hermann Hesse

    Frases de Hermann Hesse

    Frases de Hermann Hesse

    La belleza no hace feliz al que la posee, sino a quien puede amarla y adorarla.

    Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros.

    Hay quienes se consideran perfectos, pero es sólo porque exigen menos de sí mismos.

    Para que pueda surgir lo posible es preciso intentar una y otra vez lo imposible.

    Lo blando es más fuerte que lo duro; el agua es más fuerte que la roca, el amor es más fuerte que la violencia.

    Cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros.

    La práctica debería ser producto de la reflexión, no al contrario.

    Los libros sólo tienen valor cuando conducen a la vida y le son útiles.

    La divinidad está en ti, no en conceptos o en libros.

    No digas de ningún sentimiento que es pequeño o indigno. No vivimos de otra cosa que de nuestros pobres, hermosos y magníficos sentimientos, y cada uno de ellos contra el que cometemos una injusticia es una estrella que apagamos.

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  • Cómo saber si nos gustará un libro antes de comprarlo

    ¿A quién no le gustaría estar seguro de que el libro que va a comprar le gustará? Seguramente todos hemos pasado por la experiencia de equivocarnos en esa decisión y abandonar luego de las primeras páginas.

    Los premios literarios pueden ser una guía y, como a todo el mundo le atrae el éxito, es común que la obra de un autor galardonado conozca un incremento de ventas, proporcional al marketing del premio, claro está.

    También se puede confiar en las reseñas que publican diarios y revistas. Pero como sobre gustos no hay nada escrito, nada garantiza que el nuestro coincidirá con el del crítico literario.

    En cuanto a la presentación que el propio editor hace del libro, en contratapas o solapas, se trata, por supuesto, de una opinión interesada. O es tan breve que nos dice poco del asunto. Una lotería, en suma.

    También podemos fiarnos de nuestra propia experiencia, y si un autor nos gustó en el pasado, suponer que su nueva producción también nos resultará grata. Pero hasta el más talentoso tiene sus malos momentos, y no toda la obra de un escritor es pareja en calidad.

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    Alejandro Dolina cambió la radio pero no las mañas: en entrevista con Montevideo Portal en 2007 habló sobre su relación con el público uruguayo, su percepción del arte, los cambios en su programa y de paso refutó alguna que otra leyenda. Por Bernardo Borkenztain

    -  ¿Qué importancia tiene para ti el público uruguayo, que cuantitativamente es tan poco significativo?
    - En realidad para mí es muy significativo, incluso desde el punto de vista del número, ya que cuando nosotros  vamos a Montevideo  tenemos encuentros que son multitudinarios. Pero más allá de las consideraciones de mercado, que suelen  hacer los mercaderes, yo siento que el público de Montevideo es muy receptivo a las cosas que humildemente hago. Posiblemente porque no está tan pendiente de los fenómenos de la televisión, como la Argentina y porque la vida de relación todavía es suficientemente rica como para interesarse en situaciones de comunicación que vayan más allá de la cautividad hipnótica que la televisión implica. Es así que hay una mayor apertura, que también se registra en algunas ciudades argentinas como Rosario o como Córdoba, que si bien padecen el fenómeno televisivo no lo hacen el centro de sus vidas. Por otra parte, también hay en Montevideo una tradición humanística muy grande que produce, evidentemente, una comunidad de  intereses que favorece el fenómeno de recepción, ¿no?

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  • La última entrevista a Pablo Neruda

    En una edición de la  revista Crisis, el correspondiente a agosto de 1973, se publicó el que sería el último reportaje a Pablo Neruda. Fue realizado por su entrañable amiga Margarita Aguirre durante el mes de junio, tres meses antes del brutal golpe militar contra Chile y de la muerte del poeta.

    Neruda habló de su mundo, de la política, de Borges, de Perón, de la literatura, de la relación con las nuevas generaciones de escritores de entonces, de sus recuerdos de la Argentina y del peligroso desempeño de la derecha chilena.

    Cada día detesto más las entrevistas. No sé cómo pude dar la primera, pero después ya resultan un vicio y un abuso. Un vicio por parte de uno, un abuso por parte de los otros. Creo que las entrevistas literarias no conducen a nada. Las entrevistas son válidas preguntando a los cosmonautas las experiencias que tienen cuando regresan a la Unión Soviética o a Estados Unidos o cuando Cristóbal Colón, un poco antes, regresa de la América del Sur. Pero no veo ni el objeto ni la finalidad en molestarse y molestar a los poetas que están haciendo constantemente una sola cosa: poesía. Después resulta que estas entrevistas se van haciendo cada vez más rutinarias, se acumulan repeticiones, repeticiones de lo ya dicho por uno y por otros. Llega un momento en que en esta verbosidad provocada y artificial ya no sabe uno a quién le pertenecen las ideas. Por lo demás no tiene tanta importancia a quién pertenezcan o no.

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