
Entrevista realizada a Ernest Hemingway
Son agradables las horas dedicadas al proceso de escritura?
Mucho.
¿Puede decir algo sobre ese proceso? ¿Cuándo trabaja? ¿Sigue un plan estricto?
Cuando estoy trabajando en un libro o en un cuento escribo todas las mañanas desde que aparece la primera luz. Nadie lo molesta a uno y hace frío o fresco y uno empieza a trabajar y entra en calor a medida que escribe. Uno lee lo que ha escrito y como se detiene siempre cuando sabe lo que va a pasar después, arranca desde ahí. Uno escribe hasta llegar al lugar hasta donde tiene todavía jugo y sabe qué va a ocurrir después y entonces para y trata de vivir eso hasta el día siguiente donde le da de nuevo. Uno ha empezado a las seis de la mañana, digamos, y puede seguir hasta mediodía o terminar antes. Cuando para está tan vacío y al mismo tiempo nunca vacío sino lleno, como cuando se ha hecho el amor con alguien que uno quiere. Nada puede herirlo, nada puede suceder, nada significa nada hasta el día siguiente en que vuelve a hacerlo. Lo difícil es la espera hasta el día siguiente.
¿Puede descartar de su mente el proyecto en que está cuando deja la máquina de escribir?
Por supuesto. Pero se necesita disciplina para hacerlo y esta disciplina se adquiere. Hay que hacerlo.
¿Reescribe cuando lee lo que escribió el día anterior? ¿O eso viene después, cuando está todo terminado?
Siempre reescribo cada día hasta donde dejé. Naturalmente cuando está todo terminado se revisa de nuevo. Hay otra oportunidad de corregir y reescribir cuando alguien lo pasa a máquina en limpio. La última oportuni¬dad son las pruebas de imprenta. Uno agradece estas distintas oportunidades.
¿Cuánta reescritura hace usted?
Depende. Reescribí el final de “Adiós a las armas”, la última página, treinta y nueve veces antes de quedar satisfecho.
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Era una calurosa tarde de julio de 1923. Un veinteañero Ernest Hemingway (Oak Park, Illinois, 1899-Ketchum, Idaho, 1961) se hallaba apostado en la puerta trasera del Hotel Maisonnave de Pamplona, muy cerca de la popular calle Estafeta. Esperaba con ansiedad a que cruzasen los toros del encierro. De repente, un mozo le cogió de la mano y el futuro escritor se asustó. Tanto que intentó agarrarse a todo lo que vio a su alrededor. Tiró un jarrón de leche y cuantas cosas se interpusieron en su camino. Al final, el corredor le soltó y el joven norteamericano, que había acudido a la capital navarra como corresponsal del Toronto Daily Star, acabó en el suelo, atemorizado. El hombre que años después se jactaba de cazar leones en África y de ser uno de los primeros en entrar en París tras el desembarco de Normandía acabó temblando.
La anécdota la cuenta Fernando Hualde, conserje del hotel pamplonés La Perla, en el cual Hemingway se alojaba siempre que acudía a los Sanfermines a partir de los años cincuenta. La historia, que Hualde conoce tras haberse pasado más de media vida en el hotel, muestra el carácter dual del escritor: la pasión y la frustración, el idealismo y el desencanto, la valentía y la furia. Particularidades que muchos años después, el 2 de julio de 1961, le llevaron a pegarse un tiro con su escopeta en su casa de Ketchum. La próxima semana se cumplirán 50 años de esta muerte que, como señala el crítico literario Carlos G. Reigosa, “ya está aceptada como suicidio, a pesar de que su amigo el torero Antonio Ordóñez insistiera en aquella época que un hombre como él jamás acabaría su vida con un disparo. Al contrario, el escritor tenía todas las características para matarse”.
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La editorial Mondadori publica el libro ‘Verdes colinas de África’, en el que Ernest Hemingway narra sus vivencias durante un estancia de un mes en África, en el año 1933, que pasó dedicado a la caza mayor, una de sus grandes pasiones.
El escritor parte de esta experiencia para detenerse en la luz africana, el paisaje, así como la excitación y la tensión que produce la caza. Así, en su narración, se adentra en motivos que van más allá del safari y la simple atracción turística y convierte su crónica en un motivo de reflexión.
Hemingway logra una vez más elevar la anécdota de la caza al mito, explorar la condición humana a través de sus instintos primarios y abordar cuestiones universales como el deseo, la muerte y la supervivencia.
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Las copias digitalizadas de más de 3.000 cartas y manuscritos que Ernest Hemingway escribió en Cuba estarán disponibles dentro de pocos meses para los investigadores en la biblioteca John F. Kennedy en Boston (EE.UU.), gracias a un acuerdo entre ambos países.
La prensa estadounidense publicó hoy que las copias de los documentos ya se encuentran en la biblioteca que lleva el nombre del asesinado presidente.
Según el diario “Worcester Telegram”, los documentos fueron examinados este jueves de manera somera y se espera que estén a disposición de los investigadores a finales de la primavera boreal, que finaliza en 21 de junio.
Cuba y Estados Unidos acordaron el año 2002, gracias a la intercesión del congresista demócrata James McGovern, un plan para preservar miles de fotografías, cartas y otros documentos del novelista estadounidense que se encuentran en “Finca Vigía”, el hogar en Cuba del escritor y periodista durante 21 años.
La colección incluye pruebas corregidas de “El viejo y el mar”, un guión de cine basado en la novela, un final alternativo de “Por quién doblan las campanas” y miles de cartas, que incluyen correspondencia de los escritores Sinclair Lewis y John Dos Passos y la actriz Ingrid Bergman.
En declaraciones a la prensa, McGovern mostró su satisfacción por los documentos recibidos y señaló que el acuerdo con Cuba ha sido una cooperación histórica entre ambos países.
El congresista consideró que este intercambio puede ser un paso “hacia una relación más racional y madura” entre los dos países.
McGovern consideró que Hemingway (1899-1961) puede ser el puente que permita a ambos países “tener una relación buena y sólida”.
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Ernest Hemingway
* Escribe frases breves. Comienza siempre con una oración corta. Utiliza un inglés vigoroso. Sé positivo, no negativo.
* La jerga que adoptes debe ser reciente, de lo contrario no sirve.
* Evita el uso de adjetivos, especialmente los extravagantes como “espléndido, grande, magnífico, suntuoso”.
* Nadie que tenga un cierto ingenio, que sienta y escriba con sinceridad acerca de las cosas que desea decir, puede escribir mal si se atiene a estas reglas.
* Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios. Entonces come, juega tenis, nada, o realiza alguna labor que te atonte sólo para mantener tu intestino en movimiento, y al día siguiente vuelve a escribir.
* Los escritores deberían trabajar solos. Deberían verse sólo una vez terminadas sus obras, y aun entonces, no con demasiada frecuencia. Si no, se vuelven como los escritores de Nueva York. Como lombrices de tierra dentro de una botella, tratando de nutrirse a partir del contacto entre ellos y de la botella. A veces la botella tiene forma artística, a veces económica, a veces económico-religiosa. Pero una vez que están en la botella, se quedan allí. Se sienten solos afuera de la botella. No quieren sentirse solos. Les da miedo estar solos en sus creencias…
* A veces, cuando me resulta difícil escribir, leo mis propios libros para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible escribirlos.
* Un escritor, si sirve para algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal.
(Ernest Miller Hemingway; 1899-1961) Escritor norteamericano, nacido en Oak Park (Ill.) y fallecido en Ketchum (Idaho). En su pueblo natal creció y asistió a la escuela, mientras jugaba al fútbol y escribía para los periódicos escolares. Después de realizados sus estudios, entró de reportero en el Star de Kansas City, que abandonó para servir como conductor voluntario en una ambulancia de la Cruz Roja en la I Guerra Mundial. Herido en el frente austriaco-italiano, regresó a los Estados Unidos en 1919.
Dos años más tarde se casó y se estableció en París, encargado por el Toronto Star de una corresponsalía ambulante. Pronto se haría amigo en la capital francesa de otros expatriados, tales como Gertrude Stein, James Joyce, Ford Madox Ford y Ezra Pound. Simultáneamente a su actividad periodística, comenzó a hacer poemas y a escribir cuentos y narraciones cortas, la mayoría de las cuales fueron publicadas en pequeños periódicos extranjeros. En In Our Time (En nuestro tiempo, 1925) fueron dadas a la luz una serie de narraciones cortas que trataban en su mayor parte de temas bélicos y de las experiencias de Nick Adams, uno de sus personajes. Junto con los relatos recogidos en By-Line: Ernest Hemingway (Enviado especial, 1967), estos primeros trabajos revelan la evolución que el escritor realiza desde el periodismo hacia la literatura narrativa.
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Ernest Hemingway
Era la hora de almorzar y todos estaban sentados bajo el doble toldo verde de la tienda-comedor, pretendiendo que nada había sucedido.
—¿Quiere jugo de lima o limonada? —preguntó Macomber.
—Lima con ginebra —le contestó Robert Wilson.
—Para mí también. Necesito algo fuerte —dijo la esposa de Macomber.
—Supongo que está bien —concedió Macomber—. Dígale que prepare tres limas con ginebra.
El mozo ya había empezado a prepararlos, sacando las botellas de las bolsas refrigerantes de lona bañadas en sudor en el viento que soplaba a través de los árboles que hacían sombra a las tiendas.
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Ernest Hemingway
El tren pasó rápidamente junto a una larga casa de piedra roja con jardín, y, en él, cuatro gruesas palmeras, a la sombra de cada una de las cuales había una mesa. Al otro lado estaba el mar. El tren penetró en una hendidura cavada en la roca rojiza y la arcilla, y el mar sólo podía verse entonces interrumpidamente y muy abajo, contra las rocas.
-Lo compré en Palermo -dijo la dama norteamericana-. Sólo estuvimos en tierra una hora. Era un domingo por la mañana. El hombre quería que le pagara en dólares y le di un dólar y medio. En realidad canta admirablemente.
Hacía mucho calor en el tren y en el coche-salón. No entraba ni un soplo de brisa por la ventanilla abierta. La dama norteamericana bajó la persiana de madera y ya no pudo verse más el mar, ni siquiera de vez en cuando. Al otro lado estaban los vidrios, luego el corredor, detrás una ventanilla abierta y fuera de ella árboles polvorientos, un camino asfaltado y extensos viñedos rodeados de grises colinas.
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Ernest Hemingway
La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.
-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.
-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?
-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.
Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.
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Ernest Hemingway
El Kilimanjaro es una montaña cubierta de nieve de 5895 metros de altura, y dicen que es la más alta de África. Su nombre es, en masai, «Ngáje Ngái», «la Casa de Dios». Cerca de la cima se encuentra el esqueleto seco y helado de un leopardo, y nadie ha podido explicarse nunca qué estaba buscando el leopardo por aquellas alturas.
-Lo maravilloso es que no duele -dijo-. Así se sabe cuándo empieza.
-¿De veras?
-Absolutamente. Aunque siento mucho lo del olor. Supongo que debe molestarte.
-¡No! No digas eso, por favor.
-Míralos -dijo él-. ¿Qué será lo que los atrae? ¿Vendrán por la vista o por el olfato?
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