El oficio del escritor, según Borges, Dolina, Giardinelli y otros escritores

Jorge Luis Borges

Creo que ese es el oficio, o si usted quiere­ es una palabra más ambiciosa­, el destino del escritor: cambiar las cosas… Yo mismo tengo la impresión de que todo lo que me sucede, incluso el infortunio, sobre todo el infortunio, me son dados para que yo los cambie en algo, y por eso hay una gran literatura del infortunio y no de la felicidad, que yo sepa. Porque la felicidad es un fin en sí, mientras que el infortunio debe transformarse en otra cosa… Esa cosa es el arte. Puede ser la música, la pintura… En mi caso no es sino la literatura.

(fragmento de nota de Bernard Pivot, La Jornada Semanal, 23-03-97, traducción de Juan Moreno Blanco)

Yo, el otro día, estuve dictándole algo y usted habrá visto cómo me demoro en cada verbo, cada adjetivo, cada palabra. Y, además, en el ritmo, en la cadencia, que para mí es lo esencial de la poesía.

(fragmento de conversaciones con Osvaldo Ferrari)

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    Alejandro Dolina cambió la radio pero no las mañas: en entrevista con Montevideo Portal en 2007 habló sobre su relación con el público uruguayo, su percepción del arte, los cambios en su programa y de paso refutó alguna que otra leyenda. Por Bernardo Borkenztain

    -  ¿Qué importancia tiene para ti el público uruguayo, que cuantitativamente es tan poco significativo?
    - En realidad para mí es muy significativo, incluso desde el punto de vista del número, ya que cuando nosotros  vamos a Montevideo  tenemos encuentros que son multitudinarios. Pero más allá de las consideraciones de mercado, que suelen  hacer los mercaderes, yo siento que el público de Montevideo es muy receptivo a las cosas que humildemente hago. Posiblemente porque no está tan pendiente de los fenómenos de la televisión, como la Argentina y porque la vida de relación todavía es suficientemente rica como para interesarse en situaciones de comunicación que vayan más allá de la cautividad hipnótica que la televisión implica. Es así que hay una mayor apertura, que también se registra en algunas ciudades argentinas como Rosario o como Córdoba, que si bien padecen el fenómeno televisivo no lo hacen el centro de sus vidas. Por otra parte, también hay en Montevideo una tradición humanística muy grande que produce, evidentemente, una comunidad de  intereses que favorece el fenómeno de recepción, ¿no?

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    La musa   Alejandro DolinaEl hombre es una perpetua víspera. Es lo que es, pero también lo que todavía no es. Vive inclinado hacia el futuro. Vive deseando y es él mismo su deseo.

    El hombre se va a morir, pero tiene apetito de eternidad. El hombre es mortal y es esa tragedia la que lo hace libre, la que lo convierte en constante posibilidad. Posibilidad de caída o de salvación. El hombre se va a morir y por eso ama, y por eso escribe poemas.

    Y tal vez el poetizar no sea más que un juicio sobre el carácter mortal del hombre. La poesía revela nuestra condición fundamental y esa condición es trágica.

    Sin embargo, no debe pensarse que la poesía es una experiencia que luego va a ser traducida en palabras adecuadas. En verdad, las palabras mismas son la experiencia. La poesía es nombrar lo que no existía. Y ahora va a existir sólo por haber sido nombrado.

    La charla de hoy se refiere a algunos aspectos de la experiencia poética, particularmente a la inspiración. Muchos artistas sienten que en el momento de la expresión alguien les canta en el oído. Oyen voces intrusas que dictan palabras inesperadas. O mejor todavía, sienten que una fuerza que les es exterior, los impulsa a cumplir con los misteriosos trabajos del arte. Algunos llaman a estas fuerzas la musa, la diosa, el espíritu, el genio. Otros hablan de razonamiento, asociaciones de la inteligencia, casualidad, circunstancias sociales o inconsciente. Nuestro propósito es examinar estos asuntos y si tenemos suerte descubrir unas relaciones, unos modestos puentes, entre el amor, la musa y la muerte.

    Para los antiguos, el artista era apenas un instrumento de la diosa. La inteligencia, la destreza, el rigor de los aprendizajes, de poco servían sin la intervención de las musas. Por eso al comienzo de cada canto pedían explícitamente una ayuda sobrenatural invocando a la diosa:

    canta diosa,

    la venganza fatal

    de Aquiles de Peleo.

    Conforme al mito griego, las musas son hijas de Zeus y de Mnemosine, es decir, la memoria. (anoten este dato porque es una clave).

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    Los garrones de la cultura   Alejandro DolinaLos cirujanos, los sacamuelas, los locutores, los periodistas y los actores de teatro -que son, como se sabe, los espíritus rectores de la opinión filosófica- han dicho miles de veces que la característica más notable de nuestro tiempo es la velocidad.
    Algunas personas sensibles suelen quejarse amargamente de este hecho, afirmando que nuestros galopes existenciales levantan demasiada polvareda.
    No les falta razón a estos sofocados pensadores, deseosos de resuello. Pero hay que decir en defensa de la velocidad, que hay ocasiones en que no causa daño ninguno y hasta ayuda a hacer la vida un poco mejor. Por ejemplo, no es malo que el subterráneo tarde 20 minutos entre Chacarita y Leandro Alem, en vez de dos horas.
    Tampoco es malo reducir las tardanzas de un avión que va a París. Y es mejor curarse alguna peste en dos días que en un año.
    La velocidad nos ayuda a apurar los tragos amargos.

    Pero esto no significa que siempre debamos ser veloces.
    En los buenos momentos de la vida, más bien conviene demorarse.
    Tal parece que para vivir sabiamente hay que tener más de una velocidad. Premura en lo que molesta, lentitud en lo que es placentero.
    Entre las cosas que parecen acelerarse figura -inexplicablemente- la adquisición de conocimientos.

    En los últimos años han aparecido en nuestro medio numerosos institutos y establecimientos que enseñan cosas con toda rapidez: haga el bachillerato en seis meses, vuélvase perito mercantil en tres semanas, avívese de golpe en cinco días, alcance el doctorado en diez minutos.
    Muchas veces me he imaginado estos cursos bajo la forma de una película filmada a cámara rápida, con alumnos atropellándose en los pasillos, permisos para ir al baño denegados y capítulos de la historia groseramente mutilados.
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    (Trabajo realizado por Manuel Mandeb por encargo de la agencia de publicidad Vivencia.)
    1) Busque la flecha indicadora.
    2) Presione con el dedo pulgar hasta que el cartón del envase ceda.
    3) Disimule. Soy un joven escritor que no tiene ocasión que esta de conectarse con las muchedumbres. Usted finja que sigue abriendo este estúpido paquete y yo le diré algunas verdades.
    4) Los vendedores de elixir nos convidan todos los días a olvidar las penas y mantener jubiloso el ánimo. El Pensamiento Oficial del Mundo ha decidido que una persona alegre es preferible a una triste.
    5) La medicina aconseja cosmovisiones optimistas por creerlas más saludables. Al parecer, la verdad perjudica la función hepática.
    6) Viene gente. Siga la línea de puntos indicada por la flecha.
    7) Escuche bien porque tenemos poco tiempo: la tristeza es la única actitud posible que los compradores de este jabón pueden adoptar ante un universo que no se les acomoda. Toda alegría no es más que un olvido momentáneo de la tragedia esencial de la vida. Puede uno reírse del cuento de los supositorios, pero este es apenas un descanso en el camino. Uno juega, retoza y refiere historias picarescas, solamente para no recordar que ha de morirse. Ese es el sentido original de la palabra diversión: apartar, desviar, llamar la atención hacia una cosa que no es la principal.
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    La creencia en lo sobrenatural termina siempre siendo abolida por las gestas racionalistas. Sin embargo, como observa Rafael Llopis, los mitos regresan del brazo del arte romántico. Pero ya no como las puras creencias que eran antes, sino como estética.
    Aun negados por la razón, los fantasmas se resisten a morir. Pero deben abandonar sus pretensiones de verdad y se ven obligadas a expresarse en un plano artístico donde reconocen de antemano su condición de fantástica.
    así el sentimiento, negado como creencia por la razón, niega a su vez la razón. Pero ya siendo arte, convertido en el eco de algo que ya no es, el mito pierde fuerza y se va agotando.
    Hasta aquí Llopis. Tal vez falta apenas un modesto condimento: el arte romántico establece un vinculo inexorable entre el creador y su obra.
    De este modo el artista cree redondamente en sus engendros o al menos- como pedía Coleridge- suspende su incredulidad.
    Los analistas de los mitos de Flores aplican estos criterios para explicar la leyenda del Ángel Gris.
    Es posible que los vecinos hayan creído alguna vez en la existencia cierta de este mistongo agente celestial. Los Refutadores de Leyendas se encargaron de desalojar la superstición. Y nosotros recibimos – sombra de un suspiro- los restos incompletos de una literatura de barrio que insistió en el Ángel a pesar de todo.
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  • enero 18th, 2008Alejandro Dolina

    Alejandro DolinaAlejandro Dolina nació un 25 de Mayo, en Baigorrita (provincia de Buenos Aires), y se crió en el barrio de Caseros.
    El lenguaje familiar que oyó desde niño registra una entonación y un perfume más criollo que porteño.
    Casas de estudio de toda índole lo contaron en sus listas. Casi siempre salió de ellas ayuno de títulos. El se ha encargado de decir que el aprendizaje es en sí mismo una felicidad que no necesita la promesa de una recompensa.
    De su trato con los libros y con la gente del barrio proviene cierta mezcla de erudición y vagancia, de la que convendría desconfiar.
    En cambio, es lícito sospechar que sus obras literarias, musicales y humorísticas no son otra cosa que el arsenal de Dolina en su guerra personal contra la muerte y en el ejercicio de su obseción por ser un buen enamorado.
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    Todas las noches a las dos, en una esquina de la calle Sanabria, lejos de los poderes del ángel gris, aparecen las Sirenas de Santa Rita. Se trata de criaturas de perversa belleza, mitad princesas y mitad milongueras.
    Atraen a los caminantes desprevenidos con indecentes pasos de danza y con un canto provocativo que dice así:

    Aquí bailan las Sirenas,
    Sirenas de Santa Rita.
    Lo que te dan con el cuerpo
    con el alma te lo quitan.

    Nuestros amores eternos
    son como estrellas fugaces.
    Somos fieles y constantes
    con el primero que pase.

    Sirenas, Sirenas…
    que se miran y se tocan.
    Le regalamos la muerte
    al que nos bese la boca.

    Tal como anuncia la copla, el beso de las Sirenas es fatal. Pero es imposible la tentación.
    Algunos camioneros audaces se atan con cadenas al volante de sus vehículos y pasan por la calle Sanabria para poder ver y escuchar este prodigio.
    Por eso es que hay en esta zona muchísimos accidentes de tránsito.

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    Un pintoresco croquis del Atlas señala en la calle Yatay un enorme salón de baile. A pesar de su lujosa apariencia, el local no tenia baños. Sucedía entonces que los b bailarines se veían obligados a abandonar la milonga para pedir permiso en casas vecinas o costearse hasta algún café más hospitalario.
    Sin embargo los más audaces solían aventurarse en un yuyal cercano que ofrecía una sombría privacidad. Los Cronistas Soñadores sostienen que nadie regresaba jamás de aquel sitio. Citan el testimonio de más de cuarenta damas abandonadas que en vano esperaron a sus compañeros, a veces en el interior del salón, a veces en la misma vereda del potrero.
    Los espíritus fantásticos pretenden que los brujos raptaban a los bailarines y los llevaban a sus gabinetes como esclavos o como carnada para atraer a los demonios.
    Por esa razón, o quizás por la escasa belleza de las damas asistentes, los jóvenes dejaron de concurrir al salón. Los propietarios hicieron construir baños pero ya era demasiado tarde.

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    En nuestros tiempos, no son muchas las personas de buena memoria.
    Salvo, desde luego, en el barrio de Flores.
    Todos sabemos las cosas que se cuentan sobre el barrio del Ángel Gris.
    Y, aunque conviene desconfiar de cualquier testimonio al respecto, es casi un hecho que los Hombres Sensibles hacen alarde de recordarlo todo y suelen ejercitarse en lances tan complicados como la tabla del 113.
    Esto puede sorprender a quienes han oído que los Hombres Sensibles de Flores huyen de las precisiones científicas como de la peste y son más bien proclives a la improvisación.
    Pero también ocurre que estos espíritus atorrantes odian la muerte y sospechan que lo que se olvida, se muere.
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