
La infancia perdida y la muerte para siempre recuperada escribieron con tinta oscura la poesía de Alejandra Pizarnik, una de las mayores poetisas argentinas de la segunda mitad del siglo XX. En sus versos oníricos y de talante conceptual se diluyen la angustia y el amor, la amargura y la soledad. Sintiendo a través de sus versos, Pizarnik creó una obra en la que ella era el eje principal, la razón del ser y del no ser, la misma esencia del poema escrito.
El libro Poesía Completa incluye los libros Árbol de Diana, Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra la locura, El infierno musical y antologías varias.
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Partidaria de traspasar límites en la vida y en la poesía, Alejandra Pizarnik, la gran poeta argentina que se suicidó a los 36 años, en 1972, hubiera cumplido 75 años. Un buen momento para recordar la obra de esta escritora, cuyo prestigio va mucho más allá de las trágicas circunstancias de su muerte.
“El lenguaje de la poesía de Pizarnik es estremecedor y tiene una gran capacidad de subversión”, afirma en una entrevista la traductora argentina Ana Becciú, amiga de Pizarnik, y una de las personas que intervienen en los diferentes actos que tienen lugar esta semana en Madrid para rendir homenaje a la autora de “La tierra más ajena”.
Una exposición con fotografías, manuscritos, cartas, dibujos y primeras ediciones de las obras de Pizarnik; conferencias sobre su trayectoria y la publicación del libro “Dos poemas iniciales”, con facsimilares de los poemas y dibujos, figuran entre las actividades organizadas por el Centro de Arte Moderno y la Casa Sefarad.
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Alejandra Pizarnik
-Esa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a Mme. Lamort -dijo.
-No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, esa de negro del tranvía en nada se asemeja a Mme. Lamort. Todo lo contrario: es Mme. Lamort quien se asemeja a esa de negro. Resumiendo: no solo no hay tranvías en París sino que nunca en mi vida he visto a Mme. Lamort, ni siquiera en retrato.
-Usted coincide conmigo -dijo-, porque tampoco yo conozco a Mme. Lamort.
-Quién es usted? Deberíamos presentarnos.
-Mme. Lamort -dijo-. ¨Y usted?
-Mme. Lamort.-Su nombre no deja de recordarme algo -dijo.
-Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.
-Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París -dijo.
-No los había cuando lo dije, pero nunca se sabe que va a pasar.
-Entonces esperémoslo puesto que lo estamos esperando.
Alejandra Pizarnik
(…)
CAR: Quiero irme, trato de irme.
SEG: No me querés.
CAR: No se trata de eso.
SEG: Antes me querías.
CAR: Recordaré tu palidez legendaria, tu aversión al arrabal…
SEG: Qué vida fácil tenés.
CAR: ¿Y a esto llamás vida?
SEG: Y yo con el corazón olvidado del ritmo, con los pulmones desgarrados, yo tratando de encontrar, sola, a solas, en soledad, encontrar, a fin de pintar, de escribir.
CAR: Pero está el mar, la gente, las estaciones, los suburbios…
SEG: No quisiera pintar ni describir una cara ni un acantilado ni casas ni jardines, sino algo más que todo eso, algo que si yo no lo hiciera visible, sería suna ausencia.
CAR: Si yo fuera escritor describiría (canturrea): el “dramón de la pálida vecina/que ya nunca salió a mirar el tren”. ¿No te conmueve esa renuncia al uso de los ojos?
SEG: Que se joda por coger para joderse.
CAR: Cuando entrás en el seno de la obscenidad, nunca más se te ve salir.
SEG: La obscenidad no existe. Existe la herida. El hombre presenta en sí mismo una herida que desgarra todo lo que en él vive, y que tal vez, o seguramente, le causó la misma vida.
CAR (canturreando): “La vida es una herida antigua…”
SEG: Todo, hasta el tango me da la razón. Pero ¿para qué me sirve tanta razón?
CAR (recitando): Amputada de sí misma y de esa clara razón sin la cual somos apenas maniquíes, apenas bestezuelas.
SEG: Qué tango paleolítico.
CAR: Lo trajeron los hermanos Pinzón, o Cabeza de Vaca, o tal vez Cabello y Mesa junto con López y Planes.
SEG: ¿Quiénes son López y Planes?
CAR: Los trillizos que hicieron el himno nacional.
SEG: Mi único país es mi memoria y no tiene himnos.
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Alejandra Pizarnik
I
Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto.
II
Pero a ti quiero mirarte hasta que tu rostro se aleje de mi miedo como un pájaro del borde filoso de la noche.
III
Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia.
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Alejandra Pizarnik
Para reconocer en la sed mi emblema
para significar el único sueño
para no sustentarme nunca de nuevo en el amor
he sido toda ofrenda
un puro errar
de loba en el bosque
en la noche de los cuerpos
para decir la palabra inocente
Alejandra Pizarnik
una flor
no lejos de la noche
mi cuerpo mudo
se abre
a la delicada urgencia del rocío
Alejandra Pizarnik
1
He dado el salto de mí al alba.
He dejado mi cuerpo junto a la luz
y he cantado la tristeza de lo que nace.
2
Estas son las versiones que nos propone:
un agujero, una pared que tiembla…
3
sólo la sed
el silencio
ningún encuentro
cuídate de mí amor mío
cuídate de la silenciosa en el desierto
de la viajera con el vaso vacío
y de la sombra de su sombra
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Alejandra Pizarnik
Mi ser henchido de barcos blancos.
Mi ser reventando sentires.
Toda yo bajo las reminiscencias de tus ojos.
Quiero destruir la picazón de tus pestañas.
Quiero rehuir la inquietud de tus labios.
Porqué tu visión fantasmagórica redondea los cálices de estas horas?
Alejandra Pizarnik
Se fuga la isla
Y la muchacha vuelve a escalar el viento
y a descubrir la muerte del pájaro profeta
Ahora
es el fuego sometido
Ahora
es la carne
la hoja
la piedra
perdidos en la fuente del tormento
como el navegante en el horror de la civilación
que purifica la caída de la noche
Ahora
la muchacha halla la máscara del infinito
y rompe el muro de la poesía.