Publican en España “Exodo y exilio del arte”, del investigador Arturo Colorado Castellary. Allí reconstruye la odisea del patrimonio artístico español en la Guerra Civil. Amenazados por los bombardeos de Franco, 71 camiones trasladaron obras maestras siguiendo al gobierno republicano.

Una hilera interminable de personas sube hacia el paso de Le Perthus, Francia, azotada por un frío cortante que muchas veces termina con las fuerzas de los más débiles: ancianos, enfermos, chicos y milicianos heridos. También allí, en esos días -entre el 3 y el 9 de febrero de 1939- en 71 camiones cargados por las fuerzas republicanas que marchan al exilio, se va lo mejor del patrimonio artístico del Museo del Prado y otros importantes museos españoles, como el Escorial, la Real Academia de San Fernando, el Palacio Real y el Palacio de Liria. Sí, en esos camiones viajan las obras de Velázquez, Goya, El Greco, Tiziano, Rubens, Rembrandt, entre muchas otras maravillas. Son más de 20.000 obras maestras conservadas en 1.868 cajas, con un peso total de casi 140 toneladas. Lo cierto es que en esos días terribles, la aviación franquista, alemana e italiana no cesa de bombardear y ametrallar toda la zona, especialmente a las columnas de refugiados, causando muchos muertos y heridos. Manuel Azaña, presidente de la República que va al exilio, testimonia: “Una muchedumbre enloquecida atascó las carreteras y los caminos, se desparramó por los atajos en busca de la frontera”.
Una bomba lanzada desde un avión destroza uno de los camiones. Pero lo que importa es que un puñado de españoles valientes intenta salvar el patrimonio artístico del país. Es el acto final, luego de las evacuaciones sucesivas que siguieron el itinerario del gobierno de la República desde Madrid a Valencia en noviembre de 1936, luego a Barcelona en marzo de 1938 y finalmente a Figueras, en la frontera con Francia. Entre aquel puñado de valientes hay choferes, funcionarios y técnicos del Museo del Prado, que lo arriesgan todo por amor al arte -nunca mejor dicho- ya que, como sentencia Azaña, “el Museo del Prado es más importante que la República y la monarquía juntas”. Las obras de arte estaban allí donde estaba el presidente Azaña y -luego de ser embarcadas en un tren especial desde Perpignan, Francia- terminarían en Ginebra, Suiza, en el Palacio de la Sociedad de las Naciones. Allí las reclamarían luego los enviados de Franco, quien logró recuperarlas ese mismo año de 1939, en vísperas del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Esta es la apasionante historia que cuenta el profesor Arturo Colorado Castellary en su reciente libro “Exodo y exilio del arte: la odisea del Museo del Prado durante la Guerra Civil”, publicado por Ediciones Cátedra.
“La historia que vamos a narrar constituye seguramente la mayor empresa de salvamento y traslado de obras de arte en toda la historia. Es una de las aventuras más sorprendentes que se pueda imaginar”, sostiene Colorado Castellary, docente en la Universidad de Madrid y autor de varios textos sobre temas de historia del arte. Su libro está respaldado por una profunda investigación y fuentes en España, Suiza y otros países, además de los testimonios de muchos de los protagonistas. La edición está ilustrada con fotografías de la época y acompañada por un DVD con el documental de Alfonso Arteseros, “Salvemos el Prado”.
Si hay un responsable del éxito final del traslado del patrimonio artístico español, el honor le corresponde al pintor y catedrático Timoteo Pérez Rubio, con quien colabora su esposa, la gran escritora española Rosa Chacel. El libro de Colorado Castellary resalta la tarea de Pérez Rubio, funcionario republicano que era el presidente de la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico. La aviación de Franco no distinguía entre objetivos militares y civiles, Madrid sufrió bombardeos sistemáticos. El 19 de noviembre de 1936 al anochecer -aunque la zona del museo estaba marcada con bengalas republicanas para indicar que era la sede del Museo del Prado- cayeron bombas incendiarias sobre el magnífico museo y, esa misma noche, más bombas destruyeron buena parte del Palacio de Liria, donde estaba la colección de los duques de Alba. Ese mismo mes de noviembre, el gobierno de la República decidió trasladarse a Valencia y también, para protegerlo de los bombardeos franquistas, llevar en camiones el patrimonio artístico español. Ese viaje iba a terminar en Perpignan, Francia, en febrero de 1939.
Pablo Picasso era el director del Museo del Prado, pero fueron el gran poeta Rafael Alberti y su esposa, la escritora María Teresa León, quienes organizaron entonces la primera evacuación, relatada luego en un libro que publicaron en la Argentina. Con la ayuda de unos milicianos, Alberti y León transportaban “Las Meninas” de Velázquez cuando comenzó un feroz bombardeo en Madrid que los obligó a buscar un inmediato refugio para la obra maestra: “Tuvimos que dejarla casi en la puerta del Palacio de Linares” -donde hoy está Casa de América- relató Alberti años después a Castellary.
El Prado estaba cubierto de bolsas de arena. Entre el desorden, el miedo a los bombardeos y los cristales que alfombraban los pasillos, no fue fácil catalogar y embalar los tesoros artísticos. Al final salió una caravana rumbo a Valencia, mientras los fascistas proclamaban que las obras de arte iban a ser vendidas en el extranjero para comprar armas. Los camiones debían viajar por rutas secundarias en mal estado, con los frentes de guerra echándoseles encima. En Valencia, las obras quedan depositadas en una fortaleza, las Torres de Serrano. Luego, cuando el tesoro acompañe a la República hacia Barcelona, las obras pasarán por depósitos ubicados cerca de los Pirineos catalanes, en el castillo de Peralada, en el castillo de San Fernando de Figueras y en la mina de talco de La Vajol.
Barcelona cae el 26 de enero de 1939 y no hay resistencia, el frente con los tanques italianos a la vanguardia se aproxima a 40 kilómetros de la caravana de camiones. Estos se van averiando y cuesta mucho repararlos, Francia no entrega los camiones de reemplazo prometidos.
Los accidentes, que ponen en peligro a las obras de arte, se suceden en medio de una confusión total. En Benicarló -Castellón- uno de los camiones cae en un bache: el conductor perdió el control y embistió una casa recién bombardeada que estaba incendiándose. Un balcón se desprendió y cayó sobre las cajas de embalaje, desgarrando dos telas famosas: las creaciones de Goya inspiradas en el levantamiento popular del 2 y 3 de mayo de 1808 contra Napoleón.
En Figueras, a 12 kilómetros de la frontera española con Francia, en el castillo de Peralada, el gobierno republicano vive sus últimas horas. Es febrero de 1939 y casi medio millón de refugiados tapona el paso de los 71 camiones que llevan el tesoro artístico del país. Un solo bombardeo franquista causó 150 muertos y 200 heridos. Entre el 3 y el 9 de febrero, en condiciones increíbles, la caravana de 71 camiones consigue finalmente pasar la frontera con su precioso cargamento, que casi no ha sufrido daños irreparables. El tesoro irá en tren a Ginebra con un destino previsto en el Acuerdo de Figueras: el palacio de la Sociedad de las Naciones.
En ese tesoro, que el 13 de febrero de 1939 llega triunfalmente a Ginebra, sobresalen 572 cajas que contienen las toneladas de arte más valiosas de la historia. Allí estaban, entre otras preciosas obras, 45 óleos de Velázquez, 138 de Goya y 43 de El Greco. Hoy, millones de visitantes del Museo del Prado y de otras instituciones españolas pueden ver esas obras maestras gracias a aquella heroica caravana de camiones. Es por eso que Alfonso Pérez Sánchez, quien fue director del Museo del Prado y conserva el cargo honorífico, dice que este libro de Colorado Castellary contribuye al pago de la deuda moral que el Museo tenía “con quienes asumieron la protección última de nuestros tesoros”. Es que ellos permitieron que “hoy los muros del Prado continúen siendo por siempre, el más vivo y rico testimonio de la historia de España y del espíritu de la humanidad”.

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