El año pasado, César Aira, el escritor más prolífico de las letras argentinas, fue invitado a participar como jurado del Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI). Y, como según dice, trata de escribir siempre novelas nuevas, “haber ingresado en un mundo nuevo fue un estímulo”, un disparador que se tradujo en la novela “Festival”.
“No recuerdo una experiencia semejante. Alguien logró captar la dinámica, la locura, el goce, los problemas y la demencia absoluta que supone un festival internacional de este tipo para los que lo conocemos desde adentro”, dijo el jueves por la noche Sergio Wolf, director artístico del BAFICI, durante la presentación de la novela en el primer día de la nueva edición del certamen.
“Existe la superstición de que escribo una novela sobre todo lo que me pasa. Pero no es así. Detesto las novelas sobre algo, si un libro es sobre algo debe ser un ensayo o una crónica”, apuntó por su parte Aira, quien a pesar de contar con una legión de lectores entusiastas, es poco afecto a las presentaciones en público. “No es una novela en clave, todo salió de mi fantasía”, dijo el autor de novelas como “La guerra de los gimnasios” y “Cómo me hice monja”.
Sin embargo, para quien haya pasado por el BAFICI, es difícil no reconocer en el corrosivo relato de Aira a la fauna integrada por directores, programadores, espectadores y periodistas que anida todos los años en el centro comercial del barrio porteño de Abasto, donde transcurre gran parte del festival.
La novela comienza con el arribo del director belga de culto Alec Steryx a Buenos Aires, invitado estrella del festival, “autor de filmes europeos de ciencia ficción clase B, que parecían imitar con torpeza (o cinismo) las producciones del género de los años cincuenta”, “el Antonioni del espacio exterior, un nuevo Méliès”, autor de obras cumbre como “Bulimia y anorexia en el planeta de los lagartos”, según escribió Aira en las primeras páginas del libro.
Mayúscula es la sorpresa de la comitiva que va a recibirlo al aeropuerto, conformada por el director del festival y Perla Sobietsky, devota admiradora y autora de ensayos sobre Steryx, cuando ve aparecer a su ídolo del brazo de una anciana nonagenaria, su madre. La presencia de la anciana -llena de achaques, quejosa, dominante- en el ámbito “cool” y más bien juvenil de un festival de cine independiente disparará una serie de situaciones que bordean el absurdo y el espíritu lúdico característico en la obra de Aira.
El escritor confesó que llevaba alejado del cine unos 30 años, abocado a la vida familiar y a su compromiso con la literatura, hasta que el año pasado lo convocaron como jurado del BAFICI y resucitó su “cinefilia juvenil, que tenía bastante dormida”. Sin embargo, grande fue su desilusión cuando se dio cuenta de que en el nuevo cine abundaban “tomas de secuencias larguísimas y todas esas cosas del cine independiente que empecé a ver con asombro y estupor”.
“Se proyectaron en total medio millar de películas, de todas las nacionalidades y… habría sido arriesgado decir ‘para todos los gustos’, porque siempre apuntaban más o menos al mismo gusto no convencional”, se lee en “Festival“. “El público, si bien no numeroso, era entusiasta. La ciudad entera respondía al ritmo del festival, y si en algunas funciones había apenas dos espectadores, se los podía tomar como los dos representantes, la izquierda y la derecha, del espíritu intelectual de la época”.
“Quizá porque estuve un largo período alejado del cine, me había hecho la idea de que las películas independientes eran todas geniales, una mezcla del cine de Guy Maddin, Alfred Hitchcock y Sergei Eisenstein”, confesó Aira durante la presentación de su novela, editada por el BAFICI. “Pero no. Me di cuenta de que había películas comunes y corrientes”, comentó entre las risas del público. De hecho, Wolf recordó que el año pasado, cuando se lo cruzaba por los pasillos de las salas de cine y le preguntaba cómo estaba, Aira siempre le contestaba lo mismo: “Acá ando, esperando ver la buena”.
“Yo soy de los que no conciben que el director favorito de alguien pueda no ser Hitchcock; si no es así, su opinión no cuenta”, aseguró Aira, quien confesó que no le gusta demasiado el trabajo del cineasta tailandés Apichatpong Weerasethakul, cuya última película, “Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives”, ganó la Palma de Oro en Cannes y es una de las más esperadas de la actual edición del BAFICI. “Mucho plano secuencia, uf!”.
También recordó que no mira cine argentino “y no por simple prejuicio, sino por mero prejuicio”. Según contó, el mismo Lisandro Alonso, considerado uno de los referentes más importantes del cine independiente argentino en la actualidad, le preguntó si se animaba a ver a “un tipo hachando un árbol” durante 20 minutos en su película “La libertad”, a lo que Aira contestó con un rotundo “no”. “Y, la verdad, me sacó las ganas”, confesó.
Sin embargo, no todo lo relativo al cine independiente parece haberlo espantado. Reconoció que le gusta el trabajo del director experimental canadiense Guy Maddin (“quizá de una forma narcicista, porque lo veo parecido a mí”) y que el año pasado pudo ver en el BAFICI “una obra maestra”, la película “Morrer como um homem”, del director portugués Joao Pedro Rodrigues. Y por si fuera poco, estuvo pensando en escribir un guión “sobre un hombre que inventa el montaje en vivo”. “También tengo una camarita, así que en una de esas hago mi propia película”, completó.
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