Roberto Fontanarrosa

Al encontrarse ya dentro de la cancha, pisando la gramilla, el Colo pensó lo que tantas veces había pensado: “Qué pelotudez es venir a una cancha para otra cosa que no sea ver un partido de fútbol. Es como comer solamente puré. O lechuga”. Se acordó una vez más del Mundial del 78 en Mar del Plata. Antes de comenzar los partidos donde jugaba Italia salían a la cancha los condottieri, un grupo de muchachitos vestidos al estilo medieval, con mucho bordado, mucha seda, portando enormes banderas multicolores. Allí, sobre el verde césped, bajo el frío glacial que hizo ese invierno, ondeaban las banderas sobre sus cabezas en ampulosos y armoniosos giros. Le habían dicho al Colo que aquél era un espectáculo clásico de Siena, transportado entonces a La Perla, ya que los azzurri disputaban esa zona. Pero lo que justificaba el número, lo que rescataba en realidad la ceremonia y la hacía graciosa y soportable, es que luego, después, cuando el último de esos pendejos presumiblemente milaneses o romanos desaparecía por el agujero del túnel con la satisfacción del deber cumplido, salían los equipos y jugaban un partido de fútbol. Era un buen aperitivo entonces el de las banderas, un entremés, pero no podía ser el plato de fondo. En la Edad Media, concluyó el Colorado… ¡aquél era el plato de fondo! Se juntaban un montón de tanos, se reunían en una plaza o en un “largo”, veían a los pendejos revolear las banderas como locos, y luego todos se iban de vuelta para sus casas dichosos y contentos con el espectáculo recibido… ¡Y no había partido de fútbol! Al menos en aquellos tristes casos, meditaba el Colo, la cosa no era en estadio alguno, entonces podía justificarse la ausencia u omisión del más popular de los deportes. ¡Pero el Colo había ido una vez a ver a Serrat, en el Gigante, y pensó lo mismo! Quería ver al catalán, recordaba, tenía ganas de oírlo, eso era lógico. Pero mientras se acercaba al estadio, mientras circulaba por los pasillos bajo las tribunas, mientras se ubicaba mansamente y sin nervios en las plateas, pensaba: “¡Por qué no habrá un partido, aunque más no sea de reserva!”. Experimentaba la misma sensación que solía asaltarlo cuando, al viajar en auto, pasaba junto a un camión. El Colo estaba preparado mentalmente para resistir la duración de un viaje. Las cuatro horas, por ejemplo, del Rosario-Buenos Aires. O las doce horas del Rosario-Mar del Plata. O las casi seis del Rosario-Córdoba. Sabía que poco a poco, kilómetro a kilómetro, iba quedando ya menos tiempo para llegar y luego, sí, esperaba el baño, la ducha reparadora, el descanso, el mirar televisión descalzo. Pero al pasar junto a los camiones no podía menos que imaginar al abnegado camionero: no llegaba nunca. Su trabajo era no llegar nunca. Y ésa era la sensación. Ir a un estadio de fútbol a otra cosa que no fuera ver un partido de fútbol era no llegar nunca. No tener un punto de referencia. Como le pasaba al puré, a la lechuga, a los pobres pelotudos de los condottieri revoleando banderas que ni siquiera eran comunistas, o a los camioneros que no llegaban nunca a ninguna parte. Reflexionando el Colo sobre todo eso, con la cajita de madera entre las manos (se la habían confiado por un ratito) derivó indefectiblemente en la memoria de cuánto lo habían atemorizado los camioneros cuando se iba acercando, aquella noche, a Pelotas. O a Torres. O a Florianópolis. Y él iba con la familia en un Citröen, vehículo impensable para los brasileños, a disfrutar de unos días en la playa. Carro estranho había musitado un morocho girando curioso en torno al Citröen, cuando pararon en una estación de servicio. “Imposible tenerlo acá en Brasil” agregó luego. “No —sonrió el moreno—. Le cortan la capota y le roban todo”. “Tudu” pronunciaba, en ese idioma en joda que ellos tienen. Y los camiones, madre mía. Enormes, prepotentes, rumorosos, terminales. En esas carreteras ondeantes, sinuosas y mojadas por la lluvia intermitente y rompepelotas. Por la noche aquellas moles se ubicaban sigilosamente detrás del Citröen y luego lanzaban sobre él un torrente de luz, una catarata enceguecedora de un blanco definitivo que bañaba la región, el asfalto, el perfil verde de los morros amenazantes, y penetraba en el coche esculpiendo volúmenes macabros en el interior, restallando en el espejito retrovisor como una cachetada de advertencia. Y el Colo no hallaba el espacio a la derecha para tirarse. A la derecha estaba la franja blanca del límite del camino. Después, la negrura de la noche, quizás los mojones, quizás el abismo, quizás el precipicio de cientos de metros sobre el mar oscuro, tal vez una franjita mínima de tierra donde el día de mañana abriría sus brazos una pequeña cruz recordatoria de la familia argentina que plegó sus alas buscando el talco de las playas brasileñas, la amabilidad de sus aguas y el rosáceo nácar de las casquinhas del sirí.
Y el tipo estaba sentado unos treinta metros más allá, bajo un quincho. Parecía, por la pinta, un alemán o un suizo, de ésos que van a Brasil para calcinarse como camarones en la playa, para extasiarse con el culo de las mulatas y tomar caipirinhas a lo bestia. Rubio, casi coloradón como el Colo, de barba corta y enrulada, dormitaba en su reposera frente al mar. No había mucha gente en la playa. O la había, pero parecía poca de tan desperdigada que estaba. “No como en Mar del Plata” había dicho Sarita, gozosa. El Colo se acercó al alemán —o al suizo—, levantó explícitamente el tubo de bronceador en el aire y preguntó:
—¿Se lo dejo? ¿Se lo puedo dejar en la mesita? —ejemplificando, a la vez, con el gesto claro de depositar el tubo sobre la mesa que (junto a la reposera donde dormitaba el rubio) mostraba una acumulación de toallas y sandalias en la soga. El tipo lo miró apenas y asintió con la cabeza, haciendo ahorro —suizo al fin— de su gutural idioma. El Colo trotó hacia el agua y se metió en ella con la confianza que da saber que no se trata de un agua congelada que descargará martillazos de rabia sobre los dedos de los pies, morderá las rodillas y apretará las bolas al llegar a la vital zona de los genitales, como si los estrujara con el mismísimo puño vindicatorio de Neptuno. Allí estuvo, entonces, contemplando las nubes, el cielo azul, el verde intenso de los morros cercanos, casi una hora. Y después volvió. Cuando pasó junto al rubio, lentamente, se acordó del tubito. Sin querer molestar demasiado, tomó el tubo de la mesa, lo levantó bien expresivo hasta sus ojos y moduló un “Gracias” sonoro. Entonces vio que el otro estaba leyendo un libro en castellano sobre la vida del Negro Olmedo.
—¿Sos argentino? —preguntó el Colo.
—Sí —contestó el otro, bajando el libro, animoso y con buena disposición.
—Mirá vos. Pensé que eras europeo, alemán, algo así… —argumentó el Colo, como si fuesen cosas diferentes.
—No. Argentino.
—¿De dónde?
—De Pompeya.
—Ah, porque yo soy de Rosario —dijo el Colo, afirmándose en el tuteo ya que el otro parecía cálido y, además, de la misma edad—. Y fijate vos que, casualmente, Olmedo era de Rosario.
—Sí, por supuesto —dijo el rubio-ex suizo—. A mí me gustaba mucho el Negro. Y además, hay otra afinidad grande…
—¿Cuál? —se interesó el Colo, ante el paréntesis de suspenso que había hecho el otro.
—Hincha de Central.
Cuando, tiempo después, bastante tiempo después, el Colo contaba la anécdota en “El Cairo”, invariablemente al llegar a esta parte la voz se le quebraba y los ojos se le ponían vidriosos.
—Cuando el tipo me dice “hincha de Central” —repetía, ante la atención respetuosa del Pitufo, del Centu, de Chiquito— te juro que a mí se me puso la carne de gallina— y se pasaba una mano temblorosa sobre el antebrazo izquierdo, a unos centímetros de la piel, no ya como si estuviera percibiendo los repentinos canutos en su carne, sino como si le hubiesen crecido, definitivamente, una multitud de plumas batarazas.
—¡Mirá lo que es el destino! —seguía— ¡Encontrarme ahí con un canalla, en esa playa! Porque no era la playa del centro de Florianópolis o de Camboriú, donde dada la cantidad enorme de argentinos que van, vos bien podés imaginar que te vas a encontrar con gente de todas las tendencias, de todas las creencias y de todos los equipos. Incluso de Central. Pero ésta era una playa de mierda, perdida en la loma del quinoto, ahí en Itapema, adonde nosotros habíamos ido porque Sarita me rompía tanto las pelotas con eso de irse a una playa tranquila e irse a una playa tranquila e irse a una playa tranquila todo el tiempo ¡Ahí, ahí mismo, me vengo a desayunar con que, prácticamente el único tipo que había en miles de kilómetros a la redonda, no solo era argentino, sino que era fana de la Academia! ¡Mirá vos cómo son las cosas!
—El Destino —meneaba lentamente la cabeza, místico, el Pitufo.
—Es que Central es grande, Colora —agregó el Centu—. Es universal.
—Te imaginás que entonces nos pusimos a conversar, a charlar —continuó el Colo— y estuvimos como dos horas hablando del asunto. En resumen, te la hago corta. El tipo éste no era rosarino, pero el padre, el padre era ferroviario y había venido a laburar mucho tiempo acá, y acá se había hecho canalla a muerte, y por lógica lo había hecho también a este muchacho. Además, mirá lo que te digo, el viejo de este tipo, que todavía vive en Rosario, había jugado en Sparta y en Central allá por el año del pedo, o sea que la cosa iba bien en serio. No era una simpatía así nomás.
—¿Y el tipo que vos te encontraste era fana?
—Fundamentalista. Es fana. A muerte. A muerte. Se va a ver todos los partidos en Buenos Aires. ¡Y me presentó a los hijos! Pibes que tendrían quince, dieciséis años. Todos canallas.
—¡Qué lindo!
—¡Qué emocionante! ¿No? Tan lejos…
—Por supuesto que nos hicimos recontraamigos, desde ese día fuimos casi todos los días a esa playa y cuando me vine, lógicamente, me traje la dirección del tipo y todos los datos.
—Vos le diste la tuya.
—Le di la mía. Quedamos en intercambiar información, en vernos de nuevo, tal vez si se da el tute de que yo me vaya a ver un partido importante por allá…
—¿Importante? —dudó el Centu, atento a la austera realidad de la divisa auriazul.
—Bueno. Si se da.
La cosa pareció terminar ahí. Cada tanto, es cierto, el Colorado aparecía con alguna carta de su amigo veraniego, o mostraba, ufano, alguna foto poblada de camisetas de Central que estaba dispuesto a mandarle al otro, a título recordatorio, para mantener en alto el fuego de la amistad. Pero la relación parecía encaminada a disolverse lentamente, con mansedumbre, como suele suceder con los amores de vacaciones. Sin embargo un día, el Colorado llegó a “El Cairo” considerablemente excitado. Lo había llamado el rubio desde su tanguero reducto de Pompeya, para imponerlo de una infausta noticia: había muerto el padre, aquel viejo ferroviario que inaugurara la estirpe canalla y que supiera jugar en Sparta y Rosario Central. El Colorado —siempre de acuerdo a su versión oral— se había realmente conmovido. Que ese tipo, su simpatía estival, lo llamara al solo efecto de comentarle la muerte de su progenitor, era una palmaria demostración de que aquella amistad (surgida de los colores gloriosos) era más profunda que lo sensorialmente perceptible y que, por lo tanto, el rubio —ahora huérfano— deseaba compartir el momento de congoja con el circunstancial amigo, tan lejano.
—Pero la cosa no terminaba allí —advirtió el Colorado, nuevamente en la Mesa de los Galanes, esta vez enriquecida por la presencia del Pochi y de Belmondo—. La cosa no terminaba allí. Parece que el viejo, antes de morir, pidió como última voluntad, que sus cenizas se tiraran en las canchas de Sparta y de Central, los dos cuadros donde él jugó…
Por los muchachos cruzó una sombra de respetuosa sorpresa.
—La mitad de las cenizas —especificó el Colo— en la cancha de Sparta. Y la otra mitad en el Gigante ¡Mirá vos el deseo del tipo!
—¿Y alcanza para tanto? —frunció la cara el Pitufo, siempre un poco irreverente.
—¡Y qué sé yo! ¡Qué sé yo! Te imaginás que nunca me vi metido en un trámite de éstos, Pitufo.
—¿Era grandote el hombre? —lo del Centu tampoco sonó muy cuidadoso.
—¿Y por qué decís que estás metido? —preguntó Pochi —¿Por qué vos estás metido?
—¡Porque yo tuve que hacer la gestión ante Central! —saltó el Colora— ¡Yo tuve que hablar con el Presidente! De ahí vengo.
Sin duda, en algún momento de la charla veraniega, tras horas y horas de recordar partidos memorables y entrealas famosos, tras horas y horas de consumir caipiras añorando al Gitano Juárez y a Mario Kempes, el Colorado le había confesado al otro que él pertenecía a la temida OCAL, la Organización Canalla Anti Lepra. La misteriosa organización, lindante con la clandestinidad, agrupa a una serie de hinchas de Central de corte confesional fundamentalista y suele dedicarse, mayoritariamente, a urdir brujerías y macumbas contra la suerte de “Los primos del Parque”, la repudiada divisa rojinegra. No es mucho lo que se sabe sobre la OCAL porque, como la OLP o el IRA, se trata de una organización de carácter celular, cerrada, e históricamente, ningún ser humano ajeno a la estructura ha tenido acceso a sus actas secretas. El amigo rubio del Brasil, es obvio, se había visto conmocionado ante la íntima revelación del Colo y, ahora, ante la desgracia familiar sufrida, recurría al acceso al tráfico de influencias de su amigo rosarino, quizás sin saber que la OCAL no es para nada un apéndice de Rosario Central, sino apenas un grupo de apoyo, independiente, que incluso solo considera al club, “una institución amiga”.
El Colo relató (siempre en El Cairo) que la gestión frente a Sparta, humilde club de barrio, la había realizado el ala familiar del difuto radicada desde hacía mucho tiempo en Rosario, obteniendo una inmediata aprobación de parte de aquella gente sencilla. Pero en Central la cosa se había puesto complicada y la familia no había logrado siquiera hacer contacto con el Presidente, bastante preocupado, lógicamente, por conseguir algún jugador bueno y barato que ampliara las posibilidades del primer equipo con vistas al inminente campeonato. Y fue cuando, desde Buenos Aires, desde Pompleya para ser más exactos, la misma mano rubia que sostuviera un día el libro sobre el Negro Olmedo, señaló la figura del Colorado para aligerar la empresa. La gestión del Colo fue expeditiva y exitosa pese a la desconexión de la OCAL con la institución auriazul.
—Hablé con el Presi y le conté todo lo de este muchacho del Brasil —explicaba en la Mesa como quien hubiera develado un oculto romance clandestino—. Lo del padre, que había sido jugador de Central y todo eso. Y el Presi me dijo que sí, que era posible. Pero me puntualizó muy claramente que la aceptación no debía sentar un precedente que diera pie a nuevas peticiones.
—Claro —opinó Chiquito—. Te imaginás que a todos se le ocurra lo mismo…
Se rieron, como si la cosa fuera divertida. Y lo era, en parte. O al menos, inusual.
Sin embargo, caminando lentamente (la cajita en las manos) por el lado de afuera de la cancha, paralelo a la línea de toque, pisando con cuidado el césped impecable, el Colorado percibió que había perdido algo de la excitación de estar viviendo una anécdota imborrable de la picaresca futbolera o de estar atravesando un hecho simpático que le daría argumento para infinitos y repetidos relatos. La familia del padre de su amigo (éste no había venido a Rosario por razones impostergables de trabajo) los tíos, los sobrinos, las hermanas y los nietos, mostraban todos (especialmente mientras subían por las escaleras del túnel) una gravedad suma, una real congoja y un dramatismo contenido. Tanto era así que el Colorado temió que se notara demasiado en el abultado bolsillo de su gabán, el volumen de la cámara fotográfica que había llevado para registrar el evento con la poco solemne intención de documentar así, luego, en rueda de amigos, el momento de la dispersión de las cenizas. Se ocupó entonces, en ir y venir varios metros junto a la línea lateral “como si estuviera en el calentamiento previo” imaginó, mirando la inmensidad de las tribunas vacías y silenciosas, apreciando el manto verde inmaculado de la gramilla, sorprendiéndose por la comba insólita que dibujaba el terreno de la cancha dado el sistema de drenaje y que hacía que, desde la posición en que se encontraba el Colorado, no se viera la línea de fuera del otro lado, la que daba espaldas a Cordiviola. Siempre con la cajita en la mano (se la había confiado un corpulento tío del rubio, por un momento) el Colo se sentía un poco incómodo (como si lo hubiesen abandonado en una esquina sosteniendo una torta de bodas ajena) de gabán azul marino entre tanto traje oscuro, corbata negra y frases cortas y apesadumbradas.
—Era un velorio, Pitu —repetiría después el Colo, hasta el cansancio, para transmitir la congoja de la ceremonia—. Lo que yo quizás olvidé entre tanta emoción mezclada por esta cuestión del llamado del rubio, la muerte del padre y el lógico y humano fanatismo que tenemos todos por Rosario Central; lo que a mí medio se me pasó por alto con toda la emotividad que representa el asunto de esparcir las cenizas de un tipo sobre la cancha de fútbol donde él mismo jugó un milenio de años atrás…
—Cosa no muy habitual, lógicamente.
—Para nada habitual… Lo que yo no supe medir correctamente, te decía, es que se trataba lisa y llanamente de un velorio. A la luz del día, a pleno sol, frente a una sábana verde maravillosa, pero un velorio a fin de cuentas, con los parientes dándose el pésame, con los primos recordando al finado, con la viuda llorando, porque lloraba la viuda y todo eso. Al punto que, te juro Pitufo, uno llegaba incluso a olvidarse de que allí, a pocos pasos de donde estaba caminando yo con la cajita en las manos, habían jugado el Gitano Juárez, el Negro Castro y el Enano Giménez.
Y fue así que justamente cuando el Colorado calculaba el preciso lugar del campo desde el cual había pateado el Flaco Menotti cuando le hizo aquel gol impresionante a Amadeo Carrizo, se le acercó el hermano del difunto haciendo un gesto negativo con la cabeza.
—No hay nada que hacer —dijo—. El tipo no quiere.
—¿Quién no quiere? —salió de su abstracción el Colorado—. ¿Qué no quiere?
—El canchero. No nos quiere dejar entrar a la cancha.
—Pero… Si tenemos el permiso del Presidente ¿Por qué no quiere?
—Porque dice que le vamos a arruinar el césped —se exaltó el pariente—. Que está impecable. Que ayer llovió y abajo está un poco blando.
El Colorado paseó su visita por el césped llevándola hasta las áreas, hasta los arcos sin las redes colocadas.
—La verdad que está bárbaro —acordó—. Y claro, está por empezar el campeonato y el hombre quiere que esté de puta madre.
—¡Pero si nosotros no le podemos hacer nada, señor Vázquez! —el otro abrió los brazos, airado—. Somos cuatro locos que no vamos a entrar a escarbar la tierra para sacar los panes de césped. Además, estas canchas están preparadas para resistir cualquier cosa.
Otros parientes se habían acercado a ellos dos y, las manos en los bolsillos o los brazos cruzados, giraban sobre sí mismos, frustrados y decepcionados.
—¿No pensarán que queremos enterrarlo? —se acercó uno, preguntando seriamente.
—Pero… ¿no era que estaba todo resuelto? —se enojó otro—. ¿No era que el Presidente había dado su autorización?
El Colorado se sintió tocado en su responsabilidad.
—No. Si yo hablé. Si yo hablé —tranquilizó—. Ahora voy a hablar yo con el canchero. Lo que pasa es que ayer llovió y quiere cuidar la cancha. A simple vista parece que no, pero abajo está pesada. Apenas se empieza a correr aparece el barro.
—¿Y quién va a correr, acá? ¿Qué apuro tenemos? —insistió el otro, con la lógica de hierro—. ¿Tan poco tiempo tenemos para la ceremonia?
El Colorado prefirió no responder. Dejó la cajita en manos del tío del rubio procurando darle a su gesto cierta majestuosidad ritual y se encaminó a paso firme a hablar con el canchero quien, en pose de baqueano, observaba en cuclillas el césped de sus desvelos.
—Yo le entiendo caballero, yo le entiendo —aceptó el canchero, poniéndose de pie y golpeando la palma de una mano contra la otra para quitarles alguna brizna de pasto—. Pero a mí nadie me ha dado una autorización y yo no los puedo dejar entrar. Después el césped se jode y al que me putean todos es a mí.
—Pero yo hablé con el Presidente —argumentó el Colo, sintiéndose al borde de la desesperación—. Si quiere le hablamos por teléfono y que él mismo se lo diga, se lo confirme.
—El Presidente puede decir lo que quiera —el hombre era inconmovible—. Pero él no sabe nada sobre césped. Es muy fácil hablar desde la sede del club, total, uno no tiene ni idea de lo que pasa en la cancha. Pero el responsable del estado del campo soy yo, caballero, y me he comprometido a tenerlo diez puntos en el momento de la reanudación del campeonato. Nunca ha estado tan bien el césped, nunca. Además —señaló vagamente hacia el túnel— hay que caminar como trescientos metros para encontrar un teléfono. Y eso si en Intendencia hay alguien.
—Voy a llamar lo mismo —el tono del Colorado ya era francamente agrio—. Se imagina que no se puede dejar a toda esta gente así —le indicó al canchero el oscuro grupo de personas que, cabizbajos, aguardaban cerca de la entrada del túnel—. Hay venido los parientes, los hermanos, los nietos de esta persona que fuera estrella del fútbol rosarino. La viuda. Gente que ha viajado desde lejos —mintió.
—Ya vi a la viuda. Y vi los tacos que tiene. Me destroza la cancha si entra con esos tacos.
—Tiene que ser un poco más comprensivo —reclamó el Colo—. Se trata de un funeral, después de todo.
—Soy comprensivo, caballero. Y yo también tuve un padre.
El Colorado pegó media vuelta y retornó hacia el compungido grupo a paso vivo. La última frase del canchero hacía entrever a un ser humano sensible. Pero el detalle de los tacos de la viuda, en boca de ese hombre, era un mal presagio. El Colo sabía, por otra parte, que a esa hora sería inútil tratar de encontrar al Presidente en su despacho.
—Nada que hacer —informó a la gente, que lo aguardaba como quien espera a un mensajero celestial—. Está emperrado en que noo y que no y que no. Pero no hay que desesperarse. Me dijo que en Intendencia hay un teléfono…
—¡Qué macana! —masculló el tío del rubio.
—¡Cómo me iba a suponer yo que, conseguida la autorización del Presidente, nos íbamos a encontrar con un tipo como éste, tan celoso de su trabajo!
—¿No querrá que le tiremos unos mangos? —el mismo tipo que había cuestionado la eficacia de la gestión del Colorado, surgía ahora, acerbo, expeditivo, con una sólida propuesta. El Colo y el tío del rubio se miraron.
—Es posible —musitó el Colo, echando mano al bolsillo, aún culposo—. Deje que yo me ocupo y después en todo caso, dividimos el gasto.
—Cuidado —dudó el tío del rubio—. No vaya a ser cosa que se encuentre con un tipo insobornable y caguemos el asunto. Y después se complique todo mucho más.
—¿Cuánto le doy? —desestimó la advertencia el Colorado, práctico. Fue en eso que, con el rabillo de ljo vio aparecer, por la boca del túnel, un manchón negro y blanco. “Un referí” alcanzó a suponer el Colo, aterrorizado ante la posibilidad de que no hubiesen tenido en cuenta algún partido de las divisiones inferiores a jugarse en horas de la mañana. Pero pronto, un informante cercano vino a tranquilizarlo. “El padre López” escuchó, cerca. El sacerdote, jovial, campechano, de clergyman y pantalones grises se disculpó ante la viuda por la tardanza y pronto, su rostro tomó visos de contrariedad cuando lo impusieron del inconveniente surgido.
—Dejen que yo hable con este muchacho —dijo. Y partió caminando lentamente hacia el canchero, que había vuelto a su posición indígena acuclillada, como escrutando en procura de detectar la mata traicionera que perturbaba la horizontalidad perfecta de su llanura. El padre López estuvo hablando corto tiempo con el canchero. Desde lejos, el grupo lo observó comportarse con cordialidad y bonhomía, no exenta de firmeza. Por último, se vio al canchero inclinar la cabeza y ponerse una mano sobre el corazón mientras el Padre, con movimientos gráciles de su mano derecha, lo bendecía. Luego el Padre López volvió hacia el grupo.
—Dice que está todo bien —informó, oyéndose de inmediato un suspiro de satisfacción general—. Pero, con una condición: que nos saquemos los zapatos. Creo que no es una petición demasiado caprichosa como para que no podamos aceptarla. Pienso que la tolerancia está en el espíritu de todos nosotros.
Sin una palabra, los deudos comenzaron a quitarse el calzado, apoyándose los unos en los otros para no perder el equilibrio, pasándose la cajita de mano en mano para posibilitar la maniobra, hasta que quedó en poder del sacerdote.
—A mí me eximió de descalzarme —justificó el Padre López, sosteniendo el cofre—. También Jesús caminó sobre las aguas. ¡Y otra cosa! —previno a los que ya se disponían a entrar a la cancha—. El canchero también pidió que no arrojásemos las cenizas en las áreas, porque ésas son las zonas más castigadas. Esa región es sagrada.
—En mitad de la cancha —dijo el tío del rubio—. Pancho, el finadito, pidió que las esparciéramos en mitad de la cancha.
—Muy bien. Vamos entonces —ordenó, calmo, el cura. Todos ingresaron a la cancha. El Colorado se cuidó de no pisar la línea de toque, consciente de que ésa era una de las tantas cábalas de los jugadores, pero se abstuvo de inclinarse a tocar el pasto o santiguarse, temeroso de que el Padre López pudiese interpretar erróneamente su gesto. La comitiva llegó hasta el círculo central y allí se llevó a cabo la breve ceremonia. El Colo se quedó un tanto alejado del círculo de familiares, como no queriendo invadir sentimientos. Un poco conmovido, además, al pensar que en aquel puñado de cenizas de tono amarillento (“Algo parecido al queso de rallar” diría después en una comparación que, no por doméstica, era menos certera) se había corporizado, breve tiempo atrás, un hombre hecho y derecho, con su historia, sus sentimientos, sus sentires y su familia, como él mismo, o como cualquiera. Después, y para tranquilidad del Colo, aparecieron algunas cámaras fotográficas, algunas poses grupales para estas cámaras y hasta alguna camiseta de Central que se extendió, discreta, frente a los pechos de los deudos. El Colo temió por alguna nueva amonestación de parte del canchero, pero a éste se lo había tragado el túnel durante la tocante ceremonia y recién reaparecía ahora, arrastrando un cúmulo de redes. También había aparecido otro señor, alto y desgarbado, un utilero quizás, quien tuvo a bien quitarse la gorra en tanto contemplaba como la mano enérgica de la viuda lanzaba puñados de cenizas hacia los cuatro vientos.
—¿Son de alguna religión oriental? —consultó el hombre al Colorado que volvía.
—No. El canchero nos pidió lo de los zapatos. Por el césped. ¿Sabe?
El tipo aceptó, con la cabeza. El grupo ya había regresado al costado de la cancha para calzarse. El Colo, más tranquilo, caminó entonces hasta el canchero para agradecerle la gauchada.
“No tiene nada que agradecer, caballero”contaba después el Colo, en El Cairo, que le había dicho el tipo, desenredano con paciencia el caótico entramado de las redes.
—Después de todo —dijo el Pitu, conocedor— se habrá dado cuenta de que las cenizas son un buen abono para el pasto. ¿No se usan para eso de vez en cuando?
—No, lo que pasa, yo pienso, es que al tipo le quedó laburando el balero, porque… ¿Saben qué me dijo cuando ya nos íbamos? ¿Saben lo que me dijo?
Todos aguardaron en silencio.
—Me dijo: “No es mala idea ésta de que se tiren las cenizas de uno sobre la cancha, la verdad sea dicha. No es mala idea”. Y yo me fui pensando en lo que me había pedido el Presidente, de que esto no sirviera para sentar un precedente. Pero, bueno, la cosa ya estaba hecha.
—Ahora… —reflexionó el Pochi—. Fijate vos como este tipo, el canchero, no aceptó la orden del Presidente, pero se fue al mazo apenas el cura lo charló un rato.
El Colo jugueteó un momento con la cucharita dentro del café.
—Es que hay un Poder Superior, Pochi —afirmó—. Hay un Poder Superior.


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